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Publicado el May 9, 2017 | 0 comentarios

La familia como espacio socializador de los niños

La familia como espacio socializador de los niños

Tiempo atrás, una madre de familia se me acercó muy preocupada por su pequeña hija María, de 6 años de edad, que cursaba el primer grado. María, nos cuenta la mamá, no habla con sus compañeros del aula, le habla sólo al oído a la profesora, no participa voluntariamente de las actividades en el salón o en el patio (educación física) y generalmente, evita relacionarse con sus compañeros. A la hora de recreo busca a una prima suya, un poco mayor que ella y juega sólo con ella. En general, se muestra tímida en el colegio.

Al preguntarle a la mamá si María era también así de callada en su casa, respondió que no, que sí conversaba y jugaba con su hermana menor. Mientras que con su hermana mayor peleaba mucho. Incluso era esta hermana quien la molestaba y tendía a burlarse de ella.

En las primeras sesiones con María, veíamos que no mantenía contacto visual con los adultos y sí con algunos de sus compañeros, sobre todo mujeres. Frente a nuestras preguntas respondía asintiendo o negando con la cabeza. Si se animaba a responder, lo hacía sólo al oído de la psicóloga.

Conforme se avanzaba en las sesiones ya daba algunas respuestas verbales, pero en un tono de voz bajo; se interesaba más en las actividades y demostraba entusiasmo cuando sus compañeros participaban de las actividades. Sin embargo, cuando era su turno de hablar nuevamente desviaba la vista o daba respuestas en voz muy baja, observando la reacción de sus compañeros. Hasta que finalmente, después de unos meses de trabajar en nuestras sesiones, en una de las actividades levantó la mano y dio su respuesta en voz más audible. Sus compañeros la observaron y algunos decían entre sorprendidos y emocionados: “hablaba”, “si habla”. Esta experiencia marcó un avance mayor, sesión a sesión. Participaba ya no sólo en sus sesiones de terapia, sino también en el aula, donde la profesora nos comentó que el primer mes la niña no le hablaba, sólo movía la cabeza, pero que ahora sí participaba y jugaba con sus compañeros.

Si bien esta historia tuvo un final feliz, con la integración de María a su grupo, se presentan casos de niños a quienes les cuesta mucho interrelacionar con sus pares o con adultos, incluso presentando dificultades en su vida adulta.

En la historia familiar de María encontramos que sus padres trabajaban mucho, así que no tenían mucho tiempo libre que pasar con sus hijas y tampoco salían mucho. Cuando hacían visitas eran a familiares. Así mismo, si uno observaba el desenvolvimiento de la madre de María, veía que no mantenían el contacto visual al conversar, su tono de voz era bajo y titubeante. Y por último, las burlas de la hermana mayor hacía María se daban sobre todo cuando ella cantaba o decía algo en voz alta (ahí entendimos porqué observaba a sus compañeros antes y después de decir algo, era su temor a la burla de parte de ellos).

Si tomamos en cuenta estas conductas alrededor de María, podemos encontrar el origen de sus dificultades al interactuar con las demás personas, incluso con niños de su edad.

Un bebé crece dentro de una familia quien como institución cubrirá sus necesidades de seguridad, salud, alimentación, educación, vestido, etc.; pero a su vez también será responsable de transmitir valores, normas, costumbres, enseñar hábitos, etc.

El infante pasará sus primeros años inmerso en su familia, que es su primer y principal agente socializador. Y es aquí donde los familiares, sobre todo los padres, actúan como modelos a imitar por sus hijos. Incluso la forma de hablar y de caminar son imitadas por los pequeños.

Por ello, queda en nosotros como padres y/o adultos responsables de los niños ofrecerles las oportunidades para que desarrollen habilidades sociales que les permitan desenvolverse adecuadamente.

¿Y cómo empiezo?, pues muy sencillo, desde pequeños a enseñarles a:

– Saludar y despedirse.

– Mantener contacto visual con las personas al hablar con ellas.

– Utilizar una adecuada entonación y ritmo al hablar.

– Proporcionar situaciones variadas de aprendizaje social (visitar a familiares, jugar en el parque con otros niños, participar de talleres de danza, deporte, etc).

– Compartir sus juguetes.

– Saber ganar y perder en los juegos.

– Expresar mediante gestos distintas emociones (sorpresa, enfado, alegría, etc.).

– Recibir con agrado elogios de los demás y también saber elogiar a los demás.

– Evitar interrumpir a otra persona cuando está hablando.

Finalmente y más importante, como modelos de nuestros niños, no le exijamos que actúe de una manera en un lugar, cuando en casa actuamos de forma distinta. Si queremos que nuestros hijos seas más desenvueltos, más sociables, entonces primero veámonos a nosotros mismos si contamos habilidades sociales adecuadas.

Autora: Lucy Mercedes Tomairo Lenes.

Psicóloga del programa Aprendamos Juntos.

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